No llegar al orgasmo en un encuentro concreto y tener dificultad para alcanzar el orgasmo femenino de forma continuada son dos situaciones distintas. La primera forma parte de la variación normal de la respuesta sexual, que cambia con el cansancio, el estrés, el momento de la relación o el día que se ha tenido. La segunda se mantiene durante meses, aparece casi siempre y le genera malestar a la mujer, y es la que en sexología clínica se estudia como trastorno del orgasmo femenino o anorgasmia.
Un estudio del Hospital Universitario Puerta de Hierro publicado en 2017 por la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia encontró disfunción sexual en el 33,3 % de una muestra de 120 mujeres premenopáusicas de un centro de salud de Madrid. Es un dato de esa muestra y engloba distintas dificultades sexuales: no significa que una de cada tres mujeres tenga anorgasmia. El trastorno orgásmico fue el segundo más frecuente, y los autores cierran el trabajo hablando de una alta prevalencia y de un gran infradiagnóstico.
La dificultad para alcanzar el orgasmo se considera un trastorno cuando, durante al menos seis meses y en casi todas las relaciones, el orgasmo tarda mucho, es muy poco frecuente, no aparece o pierde intensidad, y eso le preocupa a la mujer. Pueden intervenir varios factores a la vez: psicológicos, de pareja, culturales y, a veces, médicos.
El DSM-5, el manual diagnóstico que se usa en psicología clínica, incluye tres condiciones que recoge también el artículo publicado por la SEGO. La dificultad aparece en todas o casi todas las ocasiones, entre el 75 y el 100 % de ellas; dura como mínimo seis meses, un plazo pensado para separar las dificultades pasajeras de las persistentes; y produce malestar en la mujer. El malestar clínicamente significativo es necesario para el diagnóstico. También deben valorarse el contexto y otras posibles explicaciones; estas condiciones no son una prueba de autodiagnóstico.
No es necesario esperar seis meses para pedir ayuda si la situación preocupa.
Esa tercera condición deja fuera muchas situaciones que inquietan sin ser un trastorno. Un ejemplo es no llegar al orgasmo durante el coito y sí en otras circunstancias. Según la revisión sobre evaluación y tratamiento de la anorgasmia que publicó Francisco Cabello en 2008, del Instituto Andaluz de Sexología y Psicología, algunos estudios situaban entre el 50 y el 75 % la proporción de mujeres en esa situación. Es una estimación recogida en una revisión de 2008, no una cifra actual de prevalencia de anorgasmia.
Cuando la dificultad sí cumple las tres condiciones, en la evaluación se distingue si ha estado siempre o apareció después, y si ocurre en cualquier situación o solo en algunas. Son las dos preguntas que más orientan sobre dónde buscar.
| Cómo se presenta | Por dónde suele empezar la evaluación |
|---|---|
| Desde siempre y en cualquier situación | La historia de la dificultad, la salud, la información recibida y la ansiedad ante la intimidad |
| Apareció después de una etapa sin dificultades | Lo que cambió en ese momento, como un tratamiento, un parto, la menopausia, un conflicto de pareja o una temporada de estrés |
| Solo en algunas situaciones o con una pareja concreta | El contexto, la comunicación y la relación, sin descartar factores físicos |
El DSM-5 ya no separa las causas orgánicas de las psicológicas y parte de que, la mayoría de las veces, se combinan. Así lo recoge el trabajo de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia citado arriba, que describe la disfunción sexual femenina como un problema multifactorial en el que pesan factores biológicos, psicosociales, médicos y de la relación. En la práctica, eso obliga a mirar en varios sitios a la vez antes de dar con una explicación.
La ansiedad es uno de los factores psicológicos que primero se revisan en la evaluación. Cuando alguien está pendiente de si va a llegar o no, reparte la atención entre lo que siente y la vigilancia de su propia respuesta, algo que Masters y Johnson describieron como ponerse en el papel de espectadora. Esa vigilancia puede dificultar la atención a las sensaciones y aumentar la presión por el resultado. A esto se suman la ansiedad anticipatoria, que aparece antes del encuentro por miedo a que vuelva a pasar, la culpa aprendida en torno al placer y una imagen corporal negativa que impide relajarse.
Los problemas de comunicación sexual pesan mucho en esta dificultad. No saber o no poder decir qué resulta agradable, temer que hablar de ello hiera a la pareja o arrastrar un conflicto sin resolver reducen el deseo y la excitación, y con ellos la posibilidad de llegar al orgasmo. El enfado acumulado y la falta de confianza actúan igual, aunque el problema de fondo esté fuera de la vida sexual.
Buena parte de lo que se sabe sobre sexualidad llega sin una educación sexual formal, y con frecuencia viene cargado de culpa o vergüenza. También pueden influir expectativas rígidas sobre cómo debería ser una relación sexual. Con ese modelo de referencia, una respuesta que es habitual, como la que recogía Cabello, se vive como un fallo propio.
Algunos medicamentos influyen en el orgasmo. Un artículo de 2007 de la Revista Internacional de Andrología, una de las publicaciones oficiales de la Federación Española de Sociedades de Sexología, describe posibles efectos de distintos psicofármacos sobre la función sexual y cita como ejemplos los antidepresivos tricíclicos, los ansiolíticos del grupo de las benzodiacepinas y el litio. El mismo trabajo describe cómo los cambios hormonales de la menopausia pueden reducir el deseo y la excitación, y cómo algunos tratamientos oncológicos ginecológicos afectan a la función sexual. Por eso, en la evaluación siempre pregunto qué medicación se toma y desde cuándo. La aparición de una dificultad no demuestra por sí sola que el medicamento sea su causa.
Las situaciones siguientes son motivos razonables para consultar con una profesional de la psicología o la sexología. Sirven para decidir si pedir cita, no para ponerse un diagnóstico.
El dolor merece una valoración ginecológica además de la psicológica. Tiene causas propias, a veces físicas, y según el artículo de la Revista Internacional de Andrología su repetición genera tensión y ansiedad y puede terminar afectando al deseo. Cuando aparece junto a la dificultad orgásmica, conviene estudiar las dos cosas por separado.
La información fiable ayuda desde el primer momento. Entender que la respuesta sexual femenina depende mucho del contexto, que no llegar al orgasmo en algunos encuentros entra dentro de lo normal y que la dificultad persistente tiene causas conocidas quita una parte de la presión, y la presión es uno de los factores que la mantienen.
También ayuda sacar el orgasmo del centro. Cuando cada encuentro se vive como una prueba, la atención se va a la vigilancia de la propia respuesta y el problema se refuerza. Hablar con la pareja sobre lo que pasa en un momento tranquilo, fuera del encuentro, suele dar más resultado que intentar resolverlo sobre la marcha.
Si la dificultad empezó después de iniciar un tratamiento, lo indicado es comentarlo con el médico que lo pautó, que puede valorar alternativas. Los cambios de medicación se hacen siempre con él. Dormir poco y vivir con estrés sostenido también restan, y pueden influir en la respuesta sexual.
Algunas respuestas habituales ante esta dificultad terminan manteniéndola.
Fingir el orgasmo de forma habitual evita una conversación incómoda a corto plazo, pero deja a la pareja sin la información que necesitaría y convierte cada encuentro en una actuación pendiente de cómo se ve desde fuera, con la misma vigilancia de la propia respuesta que dificulta la excitación.
Recurrir a productos que prometen resultados tampoco suele servir. La revisión de Cabello, publicada en 2008, no encontró un fármaco claramente eficaz para la anorgasmia y cuestionó la utilidad de los complementos usados con ese fin. Es una conclusión de aquella revisión, no una garantía sobre cualquier producto actual.
Además, los complementos pueden presentar riesgos al combinarse con medicamentos. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recomienda informar al profesional sanitario de los productos que se toman.
Si la preocupación lleva a evitar los encuentros o está generando distancia en la pareja, conviene consultar en lugar de asumir que hay que acostumbrarse a vivir con ella.
¿Tiene tratamiento si el orgasmo no ha aparecido nunca?
Sí, la dificultad presente desde siempre es la forma para la que más modelos de terapia sexual se han desarrollado. El resultado depende de las causas que aparezcan en la evaluación y no se puede garantizar de antemano, pero es un motivo de consulta con un tratamiento bien establecido que puede abordarse en consulta.
¿Hay que ir antes al ginecólogo?
No es imprescindible para empezar. Sí es recomendable si hay dolor durante las relaciones, si la dificultad apareció tras un parto o con la menopausia, o si hay otros síntomas físicos. En esos casos la valoración ginecológica y la psicológica se complementan y conviene que ambas profesionales estén al tanto.
¿Se puede trabajar aunque la pareja no quiera venir?
Sí, buena parte del trabajo es individual, porque tiene que ver con la información, la ansiedad, las creencias y la relación con el propio cuerpo. La participación de la pareja ayuda cuando la dificultad está muy ligada a la relación o a la comunicación, pero no es un requisito para empezar.
El tratamiento empieza con una evaluación. En ella repaso cuándo empezó la dificultad, si ha estado siempre o apareció después, en qué situaciones ocurre, qué medicación se toma, cómo está la relación y qué ideas sobre la sexualidad se han recibido. Si algo apunta a una causa física, como dolor o un cambio hormonal, lo coordino con ginecología.
Con esa información, la terapia sexual combina educación sobre la respuesta sexual femenina, trabajo con la ansiedad y con las creencias que bloquean el placer y, cuando hay pareja y quiere implicarse, ejercicios graduales para reducir la presión por el resultado. Si hay antecedentes traumáticos relevantes, el abordaje requiere una valoración específica y se adapta a las necesidades de la persona.
Las sesiones pueden ser individuales o en pareja según el caso, y no hace falta tener claro desde el principio qué formato encaja. Lo cuento con más detalle en la página sobre cómo trabajo la terapia sexual, y si prefieres comentarlo antes de decidir, puedes llamar a la consulta al 644 600 009.
Este artículo tiene carácter informativo y no sustituye una valoración profesional.
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