Pocas cosas desconciertan tanto como querer poner distancia con las personas que, en teoría, deberían darnos calma. Si te pasa con tu madre, con tu padre o con tu pareja, no significa que el cariño haya desaparecido ni que seas mala persona. Las figuras de apego son quienes nos dan seguridad afectiva desde la infancia, y por eso los conflictos con ellas pesan más que cualquier otro. A veces esa necesidad de distancia es pasajera. Otras es la señal de que algo en el vínculo lleva tiempo doliendo.
Necesitar distancia de tus figuras de apego forma parte del desarrollo. En la adolescencia y al independizarnos es habitual revisar la relación con los padres y necesitar más espacio propio. En la vida adulta ocurre algo parecido con la pareja, que suele convertirse en la figura de apego principal. Hay fases de mayor necesidad de autonomía que no indican ningún problema.
La diferencia entre lo esperable y la señal de alerta está en el efecto que produce la cercanía. Si ver a esa persona te apetece aunque a veces discutáis, el vínculo con tus figuras de apego funciona. Si cada encuentro te deja agotada, si notas tensión antes de una comida familiar o si evitas quedarte a solas con tu pareja, el malestar ha dejado de ser puntual y merece la pena mirar qué está pasando.
Este impulso no surge porque sí. En consulta suele responder a alguna de estas causas, y con frecuencia a varias combinadas.
Conflictos que nunca terminan de resolverse
Cuando las discusiones se repiten siempre con el mismo guion y no llegan a ninguna parte, la relación se desgasta. La persona deja de ser un refugio y pasa a ser una fuente de tensión, y el impulso natural es alejarse para dejar de sufrir.
Falta de respaldo cuando más lo necesitas
Si quien debería sostenerte no responde cuando lo pides, aparece una soledad muy concreta, la de tener a alguien al lado y sentirte sola de todos modos. Con el tiempo muchas personas dejan de pedir y se distancian poco a poco.
Vínculos que hacen daño
Hay casos en los que la figura de apego es también el origen del daño, con control, manipulación, desprecio o agresiones. Aquí la necesidad de huir no es un problema a corregir sino una respuesta protectora legítima. Poner distancia de quien te hace daño es, muchas veces, la decisión más sana disponible.
Querer y no poder estar cerca
También es posible desear el cariño de alguien y sentir malestar en su presencia. Esta ambivalencia es típica de vínculos donde hubo afecto real mezclado con heridas, y genera un conflicto interno que oscila entre acercarse y escapar. La investigación respalda que estas experiencias tempranas no se quedan en la infancia. Un estudio publicado en Anales de Psicología por la Universidad de Murcia encontró que el vínculo afectivo con los padres durante la infancia se relaciona con la calidad percibida de las relaciones de pareja en la edad adulta, a través del apego que desarrollamos como adultos.
Más allá de las causas, hay situaciones concretas con tus figuras de apego que conviene reconocer. Estas son las que más se repiten en consulta.
En consulta es habitual que la persona llegue contando uno solo de estos episodios, casi pidiendo permiso para sentirse mal por algo «tan pequeño». Casi nunca lo es. Suele ser la parte visible de un patrón que lleva años repitiéndose.
Antes de tomar decisiones, ayuda distinguir si la distancia con una figura de apego es protección o evitación, porque el camino es distinto en cada caso. Se suelen utilizar en consulta tres preguntas para diferenciarlas:
Si las respuestas apuntan a protección, el siguiente paso es sostener límites sin culpa. Si apuntan a evitación, el trabajo consiste en entender qué activa la huida para poder permanecer en el vínculo sin vivirlo como una amenaza.
No hace falta tocar fondo para pedir ayuda. Merece la pena consultar si te reconoces en alguna de estas situaciones.
La primera sesión sirve para entender qué está ocurriendo, sin juicios y a tu ritmo. Si el malestar tiene que ver con tu pareja, podéis acudir juntos. Y si tu pareja no quiere venir, se puede empezar de forma individual, algo frecuente y que a menudo facilita que la otra persona se anime más adelante.
El trabajo con parejas se apoya en enfoques con respaldo científico, como la terapia centrada en las emociones, un modelo basado en la teoría del apego adulto y con eficacia validada en investigación. Las sesiones duran 60 minutos y el proceso se revisa de forma conjunta, sin alargarlo más de lo necesario.
Los estilos de apego no son una condena. La psicología habla de seguridad ganada para describir algo que se ve cada semana en consulta, personas que crecieron sin un vínculo estable y aprenden, con trabajo, a relacionarse con confianza. Cuanto antes se identifica el patrón, menos daño acumula la relación y más fácil es repararla, o cerrarla bien si es lo que toca.
Querer alejarte de una figura de apego no te convierte en mala hija ni en mala pareja. Es una señal que merece ser escuchada. Si notas que estas dinámicas están apareciendo en tu relación, puedes escribir a Inmaculada y preguntarle sin compromiso por la terapia de pareja en Valencia. A veces una sola conversación basta para saber por dónde empezar.
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