La disfunción eréctil es la dificultad persistente para conseguir o mantener una erección suficiente para tener una relación sexual satisfactoria. Según el estudio EDEM, realizado en España sobre más de 2.400 hombres de entre 25 y 70 años, la afecta a cerca del 19% de los varones de esa franja de edad, aunque más de la mitad nunca ha consultado por ello. El dato importa porque desmonta la primera idea que suele aparecer, la de pensar que se trata de algo raro o vergonzoso. No lo es. Es un motivo de consulta frecuente, con causas identificables y con tratamiento.
Este artículo explica en qué se diferencia un episodio aislado de un problema mantenido, qué lo provoca desde el punto de vista médico y psicológico, y qué hacer cuando el segundo caso encaja con la propia situación.
Un mal día no es un diagnóstico. El cansancio acumulado, dos copas de más, una discusión reciente con la pareja o simplemente estar pensando en otra cosa pueden hacer que la erección no llegue en un momento concreto. Esto le ha pasado, en algún punto, a la mayoría de los hombres.
La diferencia está en la repetición. Los criterios clínicos hablan de disfunción eréctil cuando la dificultad se mantiene durante al menos tres meses y aparece en la mayoría de los intentos, no en un episodio suelto. Por ejemplo, no es lo mismo perder la erección una vez tras una noche de poco sueño que notar, mes tras mes, que la ansiedad aparece en cuanto empieza el encuentro sexual, independientemente de cómo se sienta la pareja o de lo que haya pasado ese día.
Las causas se dividen, de forma general, en físicas y psicológicas, y en consulta es habitual encontrar ambas combinadas en la misma persona.
Causas físicas
La hipertensión, la diabetes, el colesterol elevado, determinados tratamientos farmacológicos y los problemas de circulación son las causas orgánicas más frecuentes. Por este motivo, la primera consulta razonable, antes de cualquier otra intervención, suele ser con el médico de familia o el urólogo, para descartar una causa vascular o metabólica.
Causas psicológicas
Cuando la revisión médica no encuentra una explicación suficiente, o cuando esta convive con un componente emocional, entra en juego la parte psicológica. La más frecuente en consulta es la ansiedad de rendimiento, el miedo a «fallar» hace que la atención se dirija a vigilar la propia respuesta corporal, y esa vigilancia interfiere justo con lo que se está intentando conseguir. El estrés sostenido, los conflictos de pareja, la depresión o experiencias sexuales previas incómodas también pueden desencadenar el problema.
Una revisión de ensayos clínicos publicada por la Colaboración Cochrane, que analizó a 398 hombres, encontró evidencia de que la terapia grupal centrada en aspectos sexuales mejora la disfunción eréctil, con resultados superiores a los de otras intervenciones psicológicas comparadas. Esto tiene una traducción práctica clara, la terapia psicológica no es un complemento cuando la medicación no funciona, sino una opción de tratamiento con respaldo propio, especialmente cuando el origen es emocional.
Estas situaciones concretas suelen indicar que merece la pena pedir ayuda en lugar de esperar a que el problema se resuelva solo.
Reconocerse en alguna de estas situaciones no es motivo de alarma. Es una señal de que el problema tiene una explicación y de que ha llegado el momento de tratarlo.
En la primera sesión buscamos entender la historia del problema, cuándo empezó, en qué contextos aparece y qué se ha intentado hasta ahora, incluyendo si ya se ha consultado con un médico. No evito ninguna pregunta, pero sí cuido que sea un espacio donde se pueda hablar con naturalidad de algo que, fuera de consulta, cuesta poner en palabras.
A partir de ahí, el trabajo suele combinar varias líneas, técnicas para reducir la ansiedad de rendimiento, ejercicios progresivos para recuperar la confianza corporal sin presión de resultado, y, cuando aplica, sesiones conjuntas con la pareja. El ritmo se adapta a cada caso, no aplico un protocolo único para todas las personas, y el número de sesiones necesarias varía según el tiempo que lleve instaurado el problema.
Cuanto más tiempo se mantiene el problema sin tratarlo, más se refuerza el círculo entre ansiedad y bloqueo corporal, hasta que evitar el sexo se convierte en la respuesta automática. Iniciar un tratamiento pronto no solo acorta el proceso terapéutico, también evita que la autoestima o la relación de pareja se resientan más de lo necesario.
No es un problema que deba resolverse en soledad. Es una dificultad frecuente, con explicación médica y psicológica, y pedir ayuda suele ser el paso que más alivio genera una vez se da.
Si te reconoces en lo descrito en este artículo, no hace falta esperar a que la situación se complique más. En mi consulta de sexología en Valencia puedes contarme tu caso en una primera sesión y valoramos juntos qué tipo de tratamiento encaja mejor con tu situación.
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